* En una cafetería de aspecto marinero. Paredes de madera podrida, el olor a barril y a malta se mezclaba con risas flojas y conversaciones fluidas de gente que acababa de terminar su apático día de trabajo o simplemente buscaban hacer más llevadera su patética vida.
- Un café sólo con dos azucarillos, por favor.
Ella, una chica de piel canela y labios frambuesa, pequeñita, de elegancia disimulada y pecas hasta en el corazón. Llegó hacia apenas 5 minutos.
Ashley se encontraba en el piso superior de la cafetería, sentada en un sofá al lado del ventanal con vistas a la calle principal de Midtown, absorbida por la crudeza y el sexo de Bukowski. Aparcó por un momento la lectura, para darle un pequeño sorbo a su Jack Daniels con cola, rodaja de limón y 3 hielos, sólo 3. Mientras perdía su vista entre los rascacielos de la gran manzana. Acto seguido sacó su vieja libreta de una carpeta donde guardaba recortes de periódicos, manuales de programación y servilletas de bares con esquizofrenias escritas, que guardaba cuando sus neuronas se corrían sin rozarse el clítoris y no tenia nada a mano para limpiarlas.
Ashley iba a esa cafetería cada tarde para ver fluir el tráfico de la ciudad, mientras se retorcía los ojos para leerse por dentro, para recordar la cantidad de alcohol que llevaba acumulado en el hígado y mierda en el alma. En su absurdo día a día esos momentos eran los que mejor le sabían, como whisky aguado. Esa tarde, así era como olvidaba su desastrosa mañana en el departamento de investigación del Bio-Recoverty, duplicaciones de Ip’s en la red, error en el servidor, faxes que no llegaban, etc.
A veces escribía sobre sus lunares, sobre sus minas de recuerdos, sobre sus trincheras en forma de vaginas desvirgadas, otras sobre su vida o quizá eran meros inventos de su vida. Veía en la tristeza una imprevisible e intangible belleza, una musa con sabor a melocotón en almíbar cubierto con Baileys helado (como un día le gustó que estuvieran recubiertas sus tetas), quizá por ello contrajo matrimonio con ella hacía tantos años. Un anillo de latón oxidado que le ahogaba el corazón lo demostraba.
Alzó la vista para frotarse los ojos y quitarse el dolor de las sienes, allí estaba ella, sí, la chica de los labios frambuesa con piel de naranja en los bolsillos, fumándose, tal vez, el último cigarro de la cajetilla, con varias copas de restos de Martini sobre la mesa y una taza de café frío que apenas había probado. Ashley se preguntaba cuanto tiempo llevaría esa chica de mirada gris, dedos amarillentos y color de ojos como el whisky, que se dejó chupar por los hielos derretidos.
Comenzó a radiografiar su vida por inercia, a través de la forma que tenía de tocar la mesa por debajo, y comenzó a escribir sobre ella. Chica en paro de unos 27 años, gastaba el poco dinero que tenía en emborracharse en sitios de standing medio, con la esperanza de que un ricachón de negocios se fije en sus piernas o quizá rondaba los 25, empresaria de una modesta empresa en Queens, que vino a esta cafetería como podría haber escogido otra cualquiera para tener un paréntesis en su ajetreada pero monótona vida sentimental-empresarial, o tal vez era una joven europea, inglesa o francesa, que estaba de vacaciones y optó, a sus 23 años cruzar el charco antes de comenzar a trabajar en la empresa de moda de su tio y retomar su relación con una antigua novia sueca.
Fijo que esa chica no encajaba en ninguna de las vidas que Ashley había escrito o tal vez era una triste mezcla de todas. Debido a su cobardía y traicionable timidez no resolvería esa incógnita, pero eso no importaba mucho, se conformó con imaginar para que tipo de vacíos usaba su embriagadora sonrisa, a que sabrían sus recuerdos cuando leía cartas sin remitente con fecha de un momento que no fué porque no eran ni el segundo ni el lugar indicado, como se oirían sus gemidos en sábanas de seda con algún coño sin corazón, y con que sabor de boca se despertaría cada mañana después de una noche como esta, sola y llenándose el corazón con Martini y aceitunas, para que no le hiciera eco cuando pusiera la boca en alguno de sus agujeros, al preguntar alguna tontería, para la espalda que dormía esa noche con ella.
* A partir de esa tarde la chica de los labios frambuesa sería el postre de sus pupilas cada vez que se masturbara el corazón, combinando el azul con el verde y el gris con el naranja.
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